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sábado, 16 de julio de 2011

Los pioneros de la industria eléctrica en Fitero

En Navarra, la energía hidráulica fue la principal fuente de energía hasta finales el siglo XIX. La aparición de posibilidades técnicas, que surgieron entonces, para la producción y utilización industrial de la electricidad rompió los límites energéticos existentes, debidos a la carencia de carbón mineral, a la limitada disponibilidad del carbón vegetal y a la dependencia de la energía hidráulica, de carácter estacional, gracias a las dos grandes ventajas que presenta la electricidad, su capacidad para transportar energía a través del espacio sin pérdida importante y su capacidad de conversión en otras formas de energía: calor, luz y movimiento.
Josean Garrués Irurzun publicó que los albores de la industria eléctrica en España se remontan a 1874, año en el que la Escuela de Ingenieros de Barcelona importó, de la mano del óptico barcelonés Tomás J. Dalmau, la primera máquina electromagnética de [Zénobe Théophile] Gramme, señalando también que, previamente, el director de la Escuela, Ramón de Manjarés, había comprobado las virtualidades del invento del belga Zenobe T. Gramme en la Exposición Universal de Viena (1873), y que, gracias a esta máquina, comenzó la realización de instalaciones de iluminación en diversos establecimientos industriales de Cataluña y, en menor medida, fuera de ella. Añadiendo que la empresa familiar Francisco Dalmau e Hijo se transformó, en 1881, en la Sociedad Española de Electricidad, la primera que instaló y comercializó centrales eléctricas españolas. Así mismo, Josean Garrués recogió que el primer proyecto de utilización industrial que hubo en Navarra estuvo destinado al alumbrado público y que lo promovió, el Ayuntamiento de Pamplona en sesión aprobada el 31 de marzo de 1888.
Respecto a la utilización industrial de la energía eléctrica en Navarra, Josean Garrués publicó que dada su tradición cerealista, fue la industria harinera la más favorecida. Entre las empresas harineras autoproductoras conviene destacar, por ejemplo: Gárate y Cía. de Lumbier (1892); Santesteban y Oyarzun de Vera (1895); y Vda. de Alzugaray de Villaba (1897). También existieron otras empresas y entidades que incorporaron la electricidad, entre otras, la fábrica de aceites de Gervasio Alfaro [Octavio de Toledo, aunque entonces la fábrica aún era de su padre Manuel María Alfaro Morales] de Fitero (1895); la serrería de Fausto Cía. de Aoiz (1895); el Ayuntamiento de Falces (1893); la Junta de Regadío de Puente la Reina (1894); y el Balneario de Betelu (1890).
A partir de entonces, muy pronto proliferaron pequeñas electras, aunque preferentemente en el campo de la iluminación municipal, mediante la reutilización de algún molino infrautilizado. La importancia de todas ellas, si se tiene en cuenta la potencia empleada, fue muy limitada, si bien desde un punto de vista cualitativo se debe valorar positivamente la rápida extensión de la electricidad en el terreno de la iluminación y de la industria rural.
En el caso de Fitero, la llegada de las revoluciones industriales modernas a la Villa fue muy tardía, en palabras de Manuel García Sesma: La industria moderna, propiamente dicha, es decir, la producción en serie de mercancías, no apareció en Fitero hasta la 2.ª mitad del siglo XIX. Añadiendo que, inició esta etapa el propietario D. Manuel María Alfaro, quien, en 1862, construyó una fábrica de jabones, llamada "La Primitiva", y en 1874, otra de aceite industrial llamada popularmente la "Fábrica de Coco". Señalando también Manuel García que otro de los fiteranos que continuó con la renovación de los antiguos talleres artesanales que habían mantenido los cistercienses hasta su exclaustración definitiva, en 1835, fue Casimiro Francés García quien, en 1877, abrió una fábrica de chocolates; en 1898 fundó la "Electra", para dotar al pueblo de alumbrado eléctrico [con un motor hidráulico o turbina de Planas, Flaquer y Cía de 100 cv., n.º 1148, en un salto de 24 mts., instalado en el molino hidráulico que Casimiro Francés también poseía en Cintruénigo]; y en 1902, convirtió su viejo molino de trigo en una verdadera fábrica de harinas, sustituyendo con cilindros las antiguas piedras de moler, reemplazando así la tecnología que estuvo en uso desde que ahí la instaló San Raimundo de Fitero a mediados del siglo XII cuando junto a este molino también edificó el primer monasterio cisterciense de la península Ibérica. Aunque, en la actualidad, sólo se conserva la pequeña caseta en la que se albergaba el transformador desde el que se importaba la energía eléctrica originada en el antiguo molino de Cintruénigo, ubicada junto a los restos de las dependencias del antiguo molino y del primer monasterio de Fitero.

viernes, 3 de junio de 2011

El primer Taller Mecánico

La evolución que la mecanización industrial produjo en Fitero fue objeto de estudio en la obra de Manuel García Sesma, quien señaló que la aparición de las máquinas industriales dio lugar a una nueva clase de artesanos: los Mecánicos; es decir, los trabajadores dedicados a la construcción, manejo y reparación de las máquinas. Los primeros mecánicos, avecindados en Fitero, fueron forasteros y estuvieron al servicio de las fábricas de D. Manuel María Alfaro, abiertas en la segunda mitad del siglo XIX y explotadas, a la muerte de éste, ocurrida en 1900, por su hijo y sucesor, D. Gervasio Alfaro. Recordamos a dos mecánicos de ellas: a Martín Ormazábal, un guipuzcoano de Beasain, y a Simón Muñoz, un aragonés de Zaragoza. En realidad, este cambio tecnológico formó parte de otro cambio más importante que también afectó a Fitero en el siglo XIX: el de la redistribución de la riqueza y de las propiedades que se produjo en 1835, cuando fueron exclaustrados definitivamente los monjes cistercienses de Fitero, principales propietarios del lugar y para quienes habían trabajado la mayoría de los artesanos. Éstos, a partir de entonces, pasaron a orbitar alrededor de los nuevos grandes propietarios que progresaron e industrializaron los talleres artesanos y las dependencias que habían pertenecido al principal propietario y antiguo señor de Fitero: el abad del monasterio que fundó y dio su nombre a la Villa desde 1482.
Manuel García también publicó que, a principios del siglo XX, se abrió en Fitero el primer Taller Mecánico, para el servicio del vecindario en general, fue iniciativa de otro forastero: Lorenzo Fernández Vega, un riojano de Galilea, que había emigrado a la Argentina y su taller estuvo en la casa n.º 25 (hoy 31) de la Calle Lejalde. Lorenzo tenía un hermano, llamado Severiano, quien, a su vez, había emigrado a Francia, donde trabajó como mecánico, antes y aún después de la Guerra Europea 1914-18, llegando a ser contramaestre de la empresa Motobloc de Burdeos. Lorenzo se marchó de Fitero en 1920 y entonces se hizo cargo de su taller su hermano Severiano, quien, más tarde, trasladó su taller al actual n.º 10 de la misma calle. Murió en Fitero el 20-X-1978, heredando su taller sus hijos Manuel y Ángel Fernández Carrillo. El taller de los Fernández se dedicó y dedica a toda clase de trabajos de su oficio: construcción de maquinaria y de herramientas industriales, reparación de automóviles, trabajos de torno, fresa, forja y soldadura, etc.
Cabe destacar que Manuel y Ángel construyeron el reloj que, desde 1990, hay en la fachada del actual Ayuntamiento de Fitero, ubicado en la Hospedería del antiguo monasterio de Fitero, siendo éste uno de los últimos trabajos de mayor repercusión que realizaron para la Villa. Pues, a principios de este siglo, ambos hermanos decidieron no continuar con la actividad industrial de este taller con lo que su cierre supuso el final de la historia del primer taller mecánico que hubo en Fitero. Desafortunadamente, ambos mecánicos fiteranos fallecieron pocos años después, Manuel Carrillo en Mayo de 2004 y Ángel en Junio de 2009.
En la actualidad ya no quedan vestigios de ninguno de las instalaciones de los dos talleres que tuvo la familia Fernández Vega en la Villa pues en el lugar en el que estuvo ubicado el primero de ellos se construyó un edificio de viviendas y en el que estuvo ubicado el segundo de estos dos talleres mecánicos sólo queda el solar y la parte de la fachada que ahora forma parte del muro que da a la Calle Lejalde.